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No le compres la Game Boy

Uno de los aspectos que diferencia a un adulto de un niño es su capacidad para tolerar la frustración. Todos tenemos en mente al niño que grita desconsoladamente cuando los padres le sacan el chupete llegada cierta edad, separándole del sustituto del pecho materno. Frustración en estado puro: el niño quiere su estímulo y los padres se lo privan. Ya de más mayores, quizás con siete u ocho años, los niños piden todo aquello que quieren a los padres y los padres les dan una parte, pero no todo, para no malcriarlos.

¿Quién no recuerda un aniversario o unos Reyes donde, de todo lo que pedimos, no obtuvimos aquel juguete que queríamos desesperadamente? Nuestra reacción seguramente fue de desconsuelo, incordio e ira porque éramos inmaduros, como nos correspondía por edad.

Al hacernos mayores, se supone que aprendemos a relativizar las necesidades y a ver que no lo podemos tener todo. Aun así, hay personas que, mientras crecían, estuvieron tan acostumbradas a ver satisfechas todas sus demandas que nunca pudieron aprender a interiorizar que, en la vida, no todo va a estar a nuestro alcance. Son personas con elevada tendencia a la frustración, y por lo tanto a sentirse infelices, porque puestos a desear, siempre podemos desear más. De este modo se puede llegar a la vida adulta sin haber aprendido a valorar y convivir con la escasez y el valor simbólico, no material, de las cosas… Lo que origina el nacimiento de las envidias, los complejos y la avaricia.

¿Cuál podría ser el origen del crecimiento de este fenómeno? Se teoriza que, con el crecimiento de la clase media a mediados de siglo XX, la situación que mencionamos se multiplicó en paralelo al aumento del poder adquisitivo de las familias, potenciando la figura del niño malcriado. Hay quién dice que vivimos en una sociedad egoísta. Si este fuera el caso muy probablemente tuviera origen en este factor. Los codiciosos de hoy nunca aprendieron a frustrarse, de ahí el tópico del burgués egocéntrico y el obrero altruista.

Cuando yo tenía cinco años, recuerdo perfectamente haber suplicado a mis padres que me compraran la Game Boy. Ellos, que miraban los videojuegos con recelo, no accedieron. Ante mi insistencia, mi padre me prometió comprármela cuando yo cumpliera los ocho años y medio, con la aquiescencia de mi madre. Poco suponían ellos que aquella fecha arbitraria, los ocho años y medio, quedaría grabada en mi cabeza durante los tres años y medio próximos. Mientras tanto, un servidor tenía que buscarse las algarrobas para poder jugar: todavía me veo en el patio de la escuela implorando a mi amigo Roger que me dejara jugar una partida al Kirby’s Dreamland o a Batman (como disfrutaba el maldito con su poder sobre mí), o en el autobús de vuelta a casa haciendo manso y mangas para que algún compañero me dejara llevarme su consola a casa aquella noche. Cuando lo conseguía, jugaba bajo las sábanas, iluminándome con una linterna para que mis padres no me pillaran. Visto en retrospectiva, seguramente no me hubieran prohibido jugar, pero en aquella época jugar a la consola era para mí un acto de ilegalidad.

Fuere como fuere, al llegar finalmente a los ocho años y medio de edad exactamente, les exigí cumplir con lo prometido. Se hicieron cruces de que yo me hubiera acordado durante todo aquel tiempo y aun así todavía me hicieron esperar hasta mi noveno aniversario.

Cuando fui obsequiado con la Game Boy, amarilla con los botones negros, sólida y contundente como un ladrillo, fui el niño más feliz de Barcelona, pero lo más importante fue la lección aprendida a lo largo de todo aquel tiempo que se me hizo eterno: aprendí a desear, a frustrarme, a anhelar y también a pedir prestado a mis amigos. Yo no era consciente, pero aquello fue una lección de vida que, estoy convencido, me formó el carácter hacia bien.

De forma que, si eres padre, no le compres la Game Boy, la Nintendo Switch, el móvil último modelo o la PlayStation4 de entrada. Sus pataletas merecerán la pena: de adulto sabrá vivir con menos, sabrá ahorrar, sabrá contentarse y lo estarás protegiendo del consumo desaforado. Lo habrás educado y, con suerte, sabrá enseñar a sus propios hijos de igual manera. Si son bastantes los que actúan y viven así, lograremos una sociedad mejor.

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