Anorexia Nerviosa

Anorexia: mitos y características

Las características de la anorexia no se reproducen en el caso de alguien que pasa por una etapa de baja autoestima personal y decide adelgazar en una determinada época de su vida, poniendo en marcha una operación bikini o un proceso similar. Para entendernos: la anorexia nerviosa no puede contraerse, todavía menos si el individuo se encuentra ya muy entrado en su proceso madurativo. En contraste, viene dado por factores genéticos y del ámbito familiar más cercano a la persona durante los primeros años de vida.

En este sentido, se han detectado correlaciones entre la parentectomía en una edad temprana con cuadros anoréxicos. Es decir, que la separación emocional por parte del padre o la madre hacia la criatura es un factor de riesgo a destacar en el posterior desarrollo del trastorno, para quien esté predispuesto. Un mal vínculo emocional genera una sensación de abandono en el niño, que puede procesar esta carencia afectiva de manera exculpatoria y desarrollar estrategias de compensación erróneas y patológicas, la mencionada alta autoexigencia, perfeccionismo o tendencia a sentirse culpable al mínimo error tendrían su origen en las coyunturas mencionadas.

Que la anorexia nerviosa no es un fenómeno nuevo, ni un producto específico de los métodos publicitarios actuales, ni una degeneración reciente de los valores y estructuras familiares es fácilmente demostrable. Sólo hay que consultar la bibliografía de los clásicos de la filosofía para comprobarlo. De este modo, pensadores tan antiguos como Platón y Aristóteles ya hacían mención a conceptos relacionados con conductas alimentarias disfuncionales, las cuales han ayudado a definir, milenios después, el marco psicológico y sociocultural de la anorexia.

Platón, por ejemplo, detectó que comer favorece a la búsqueda de placer. Según él, comer por placer es una conducta poco virtuosa o alejada de lo que tendría que ser una persona racional y filosóficamente elevada. De esto se deriva que, consecuentemente, aquellos que comen por placer tendrían que experimentar un sentimiento de culpa. Se establece así la conexión comer-placer-culpa, que constituye el pilar de los trastornos de la conducta alimentaria.

Aristóteles, por su parte, hace hincapié en la relación que mantienen los placeres físicos (comer, beber y sexualidad) con la virtud de la templanza, la cual busca la generación de placer. Desde el punto de vista de Aristóteles, volvemos a obtener esta interconexión entre comer y placer. Partiendo de esto podemos extraer que experimentar placer a través de la comida se vive como una pérdida del control personal o una acción indigna de una persona como es debido, se activa el proceso cognitivo de los remordimientos y se restringe, en consecuencia, la ingesta de alimentos.

La evolución de la anorexia pasa por dos fases diferenciadas y conectadas entre sí: durante la infancia y ya pasada la pubertad, la adolescencia. De entrada, nos encontramos, principalmente con el caso de las niñas, perfiles rígidos, perfeccionistas, con afán siempre de gustar a quienes los rodean. Este fenómeno puede describirse metafóricamente como el cántaro precioso y a la vez vacío, donde hay una gran preocupación por mantener intacto el aspecto y la apariencia que se da a los demás a través de una restricción emocional, pero que esconde un notable sentimiento de vacío interior. Cuando se produce el tránsito de la infancia hacia la adolescencia, se solidifican estas primeras características sintomáticas, las cuales cristalizan en un perfil de personalidad que tiende a intelectualizar como mecanismo de defensa y de justificación de conductas malsanas respecto a la comida. Esta racionalización del discurso y el pensamiento provoca un distanciamiento con el entorno social y familiar y provoca interferencias en la interacción, hecho que aísla a la sufridora de anorexia y la recluye en una burbuja donde existe la percepción de que nadie la quiere entender.

Aun así, a la hora de realizar el diagnóstico y elaborar el plan terapéutico, se tiene que esclarecer, antes de nada, si los síntomas que podrían apuntar a una anorexia son tales o si son secundarios al cuadro clínico de otro trastorno, y, por lo tanto, no hablamos de anorexia nerviosa como trastorno sino como síntoma.

Igualmente, cuando hablamos de trastornos de la conducta alimentaria, tenemos que tener en cuenta que cada uno puede corresponder a un tipo u otro de personalidad subyacente a dicho trastorno. En este sentido, cuando hablamos de anorexia nerviosa, predomina un perfil de personalidad de tipo ansioso-depresivo, histórico u obsesivo, pero, si nos paramos a analizar la bulimia nerviosa, encontraremos personalidades de tipo más impulsivo y con dificultades de auto-control.

Por este motivo, se tiene que analizar en profundidad la organización de personalidad que presenta individualmente cada paciente. En términos figurados, se tiene que esclarecer la profundidad del iceberg al completo, no sólo fijarnos en la parte visible y superficial del caso dado.

Otro elemento a tener en cuenta, a la hora de efectuar el diagnóstico, son los factores que influyen en el desarrollo del trastorno. Podríamos hablar de factores más directos o ambientales y de factores indirectos o genéticos.

Mucha gente cree que las redes sociales están influenciando o de alguna manera promoviendo la aparición de nuevos casos de anorexia. Este hecho se puede desmentir fácilmente si tenemos en cuenta los datos estadísticos: en las redes sociales, concretamente en Facebook, prevalecen los usuarios masculinos respecto a los femeninos. Este hecho no ha alterado dos factores básicos: en primer lugar, no ha cambiado el ratio entre hombres y mujeres con anorexia (aproximadamente 1 hombre por cada 9 mujeres), ni ha aumentado, estadísticamente hablando, el número de casos. Se desmiente, por lo tanto, la influencia de las redes sociales en la anorexia nerviosa, al menos en proporciones científicamente significativas.

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