Estudios Sobre La Felicidad

Felicidad

Vivimos tiempo de máximos. Todo al por mayor, tanto como se pueda. En la era de la abundancia todo el mundo quiere tener, en un sentido general, más.

Ahora mismo no entraremos a profundizar en la manera en que la codicia material afecta a nuestras vidas. En contraste, como psicólogo, quiero dirigirme a la parte emocional de este siempre querer más, que es la parte que influye en nuestra manera de ver y vivir la vida: la porción invisible de estas aspiraciones máximas difíciles de saciar. Hablamos de la felicidad, o, mejor dicho, de la apología a la felicidad.

Por todas partes hay estímulos externos que tratan de evocarnos momentos felices de nuestro pasado. La publicidad muestra, legítimamente, imágenes agradables para vendernos cosas. Esto nos hace pensar en buenas vivencias, que inconscientemente asociamos a aquello que están promocionando. Esta mercantilización del concepto de felicidad no se limita al comercio, con la eclosión de las redes sociales, mucha gente publicita sus vidas como si estuvieran viviendo un anuncio: parejas que se funden en un abrazo para hacerse un selfie, sonrisas donde se ven todos los dientes (de los incisivos hasta las muelas del juicio), acompañados de aforismos épicos sobre los secretos de cómo vivir la vida para lograr el estado existencial óptimo.

En efecto, ser feliz se ha vuelto de un tiempo hacía aquí en el nuevo mantra vital que hay que seguir. Se ha escrito mucha literatura en turno a este concepto, muchos libros de autoayuda, estudios científicos y disertaciones públicas giran en turno a la famosa felicidad, este bien tan preciado como esquivo. Es entonces cuando uno mira su propia vida, la examina, la compara con los baremos que flotan en el imaginario colectivo y se lleva una sonada decepción. Y esta decepción es muy comprensible: queremos el mejor de los estados de ánimo, un diez sobre diez, la sonrisa de los incisivos hasta las muelas, que es lo que parece que está viviendo todo el mundo que nos rodea, o cuanto menos, todo el mundo que nos rodea y merece ser observado.

Y aun así nos encontramos con nuestro claroscuro diario, que se empecina en mantenernos muy arraigados a la normalidad, y al percibir esto podemos caer con relativa facilidad en un sentimiento de fracaso personal. Nos damos cuenta que no somos bastante felices.

Uno de los motivos por los cuales no me gusta el mencionado culto a la felicidad es que es, por todo esto que hemos esgrimido, un concepto falaz. A mí, personalmente y también en el marco de una terapia, me gusta más hablar de bienestar. Es una diferencia semántica sutil, pero a la vez crucial. Por bienestar se entiende el estar bien, no estar excelentemente ni formidablemente. Pretender alargar las puntas excepcionales del estado de ánimo en un día a día es una entelequia que genera frustración. Idealmente se trata de estar conforme con la vida, razonablemente a gusto, sin más aspavientos. Esto, lejos de ser un planteamiento de mínimos y por lo tanto de naturaleza mediocre, es una exhibición de madurez firmemente anclada en el realismo.

¿Tenemos que profesar inconformismo ante el malestar? Por supuesto. ¿Es bueno saber contentarse con un nivel de bienestar normal? También. Y resulta básico saber hacerlo. De lo contrario, se producirá una paradoja: de tanto querer ser felices nos frustraremos al no conseguirlo sostenidamente y esto nos generará infelicidad. Todo ello con una particularidad, la infelicidad, esta sí, posee la maligna cualidad de instalarse dentro nuestro sin querer dar señales de esparcir la niebla.

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