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¿Tiene solución la epidemia del fracaso escolar?

El fracaso escolar es un problema de primer orden en nuestra sociedad. Es muy probable que conozcamos alguien que tiene hijos que han pasado o están pasando por una situación así. Quizás incluso seamos nosotros, con nuestros propios hijos, quienes hayamos tropezado con esta situación, dada la gran proporción de jóvenes que no siguen adelante con su formación y que se ha convertido en una auténtica lacra social.

Sólo hay que dar un vistazo a las estadísticas para ser consciente de la magnitud del abandono de los estudios: España es el estado de Europa con más abandono escolar prematuro. De los veintisiete estados miembros de la Unión Europea, España encabeza las estadísticas, tenemos aproximadamente un 25% de fracaso escolar. Esto quiere decir que al final de esta generación una de cada cuatro personas no habrá acabado los estudios secundarios y no tendrá, por lo tanto, ningún tipo de formación posterior que pueda ayudarla a hacerse un lugar en un mercado laboral cada vez más competitivo, saturado y precario.

El paro juvenil, hoy en día, ronda el 55%, un hecho directamente relacionado a la situación mencionada, porcentaje que se eleva al 70% en el caso de los alumnos que no han acabado la educación secundaria. En contraste, países de gran peso internacional como Alemania, Francia o el Reino Unido apenas sobrepasan el umbral del 10% de fracaso escolar, muy lejos del 25% español. Y un último dato: Cataluña tiene parámetros iguales e incluso superiores a los del conjunto del Estado.

Ante esta situación desesperanzadora hay que tomar medidas. Si los chicos y chicas se encuentran desmotivados para hacer el esfuerzo de estudiar, hay que empezar a motivarlos desde casa. Muchos padres se encuentran en frente de un callejón sin salida: “Sí, está claro que quiero motivar a mi hijo, pero ¿cómo me lo puedo hacer? Nada de lo que le digo parece animarlo.” La mayoría de niños y adolescentes que viene a nuestro centro a raíz de un mal rendimiento académico no tiene ningún tipo de discapacidad intelectual. Para entendernos: pueden rendir si se lo proponen. Pueden aprobar la ESO, el Bachillerato y lo que se propongan, es un hecho que queda demostrado psicométricamente cuando realizan las pruebas pertinentes y obtienen coeficientes intelectuales perfectamente válidos. Incluso, con cierta frecuencia, puede suceder al revés: el joven tiene una inteligencia superior a la media, pero los resultados no acompañan. “¿Por qué? ¿Realmente es un vago mi hijo? Si nos hemos pasado la vida trabajando, ¿de dónde ha sacado esto?” se preguntan los padres.

Antes que nada, se tienen que descartar problemas derivados de otras condiciones médicas. A veces pueden interferir síntomas del TDAH, donde el niño o el adolescente simplemente no puede concentrarse, aunque lo quiera. Puede influir un cuadro depresivo o un cuadro de ansiedad. Puede haber bullying al instituto, por poner sólo un puñado de ejemplos.  Así pues, el primer paso es descartar que el fracaso sea secundario a otro factor de más magnitud.

Un fracaso escolar puede ser un fenómeno complejo con un gran abanico de causas, rara vez el problema tiene la raíz en una sencilla “pereza” inherente al carácter. Por lo tanto, primer paso: discernir el grano de la paja, saber de dónde viene todo y una vez esclarecido todo esto, proceder terapéuticamente.

Sucede que muchos estudiantes se encuentran entre las paredes del instituto, sentados en silencio en el aula, pero no saben muy bien por qué están ahí. Argumentos como por ejemplo “para labrarse un futuro” o “para ser alguien el día de mañana” son conceptos abstractos que no cuajan con el imaginario de muchos adolescentes. No dirán que están en desacuerdo, pero en su ser más interno no se lo acaban de creer. Simplemente no tienen ilusión por sacrificarse, estudiar conlleva estrés, mucho esfuerzo y también una cuantiosa inversión de tiempo. Necesitan alicientes que les compensen por todo ello.

La solución, resumidamente, pasa para conseguir que identifiquen al instituto no como una imposición donde van a sufrir seis horas al día sino como una herramienta. Un trampolín verídico que los tire allá donde quieren ir. Y aquí volvemos a tropezar con otro factor: muchos no saben dónde quieren ir. Nunca se han planteado seriamente que quieren ser en un futuro, bien por miedo a fracasar, bien por inmadurez o bien por confusión existencial generalizada. Conviene, pues, ayudar a esta persona a escalecer todas esas dudas que rodean sus responsabilidades y su futuro.

Es en el momento en el que consiguen ilusionarse con un proyecto propio y que identifican los estudios como la manera de llegar a ellos, cuando se traza la línea que conecta los conceptos instituto y futuro, haciendo que desaparezca la confusión y enfrentándose a la situación escolar como un reto con sentido y responsabilidad, precisamente porque han hecho suya la responsabilidad de dirigir su propia vida.

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